Si se me concedieran tres deseos para el próximo año, ahora que tenemos próxima la Nochevieja, tengo claro cuáles serían: el triunfo en la Eurocopa 2012 de Polonia y Ucrania, la medalla de oro para los combinados nacionales de fútbol y de baloncesto en los JJ.OO. de Londres y los cuatro Grand Slams para Rafael Nadal (oro olímpico aparte, por supuesto). Creo que no soy el único en pensar de este modo, pues quien es consciente de vivir una edad próspera para el deporte nacional nunca queda del todo satisfecho. Es el inconveniente de seguir a un equipo y a unos jugadores hasta el final: se les exige el oro y el moro, sin pensar que en sus disciplinas -como en todo en esta vida- se puede ir a por lana y volver trasquilado. Esta generación de prodigios andantes tiene talones de Aquiles, pies de barro y otras dolencias que son incurables para todo mortal, que hacen que su derrota sea más sonada cuanto más alto han llegado. Pero, como sabemos, nuestros chicos no dejarán de dar guerra hasta el final.
Ahora que el tiempo ha determinado quiénes serán nuestros rivales en el grupo C de la Eurocopa, sólo me cabe resignarme a pensar que ojalá todos lleguen bien y con la ambición intacta por lograr algo que nadie ha logrado hasta ahora. Encadenar tres entorchados internacionales sería una hazaña digna de figurar con letras de oro en las enciclopedias de todo el mundo. Por desgracia, es una oportunidad única y no cabe pensar que La Furia Roja -ya les contaré por qué la llamo así- vaya a dejarse arredrar por cualquier hijo de vecino.
España empieza el 10 de junio contra Italia, un equipo al que no vencemos en competición oficial desde que esta selección vio la luz en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920. Pese al último resultado en la Euro 2008, de grato recuerdo por lo sufrido y épico del momento, de justicia es recordar cómo nos pasó la Azzurra por encima durante aquel nefasto amistoso en Bari. El combinado transalpino es un lobo con piel de cordero, uno de nuestros fantasmas en años pasados y conviene no dejarle dar una nueva campanada.
El 14 toca Irlanda, un combinado que quedó fuera del Mundial de Sudáfrica -si la memoria no me falla- por un polémico gol de Henry que clasificaba a Francia. Aunque nos podemos sentir superiores a los de Eire, lo reitero: no nos podemos fiar ni de nuestras sombras. Por último, una Croacia que viene con la moral alta tras su solvente clasificación ante Turquía cerrará nuestro periplo el día 18.
En el cruce de cuartos, España podría toparse con Inglaterra -esa última derrota en Wembley escuece a cualquiera- o con Francia si no hay sorpresa mayúscula. Más adelante se perfilan selecciones potentes como Portugal, Holanda o Alemania (el verdadero "grupo de la muerte" en este torneo).
Desde luego, el lema de la nueva equipación es el adecuado para intentar la machada: "El pasado no cuenta, todo vuelve a empezar". Sólo deseemos que los jugadores lo lleven grabado donde realmente cuenta.

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