lunes, 1 de julio de 2013

LA NOCHE MÁS TRISTE

 
He apagado el televisor, aturdido aún por el giro de los acontecimientos. Frente a su pantalla inexpresiva, hago memoria y concluyo que nunca desearía haber visto semejante espectáculo. Es cierto que anhelaba el triunfo de España como uno más del equipo, es cierto que pocas veces me hago ilusiones sobre resultados deportivos, es cierto que esperaba con impaciencia ese partido... Y sin embargo, aquel cruel espejo me ha mostrado 90 minutos de una pesadilla que se me antojaba irreal. Imposible de concebir, incluso para quien -como yo- apostaba por una victoria pírrica del combinado hispano.
 
En mi cabeza, una pregunta: ¿soy acaso el único que se da cuenta de la ocasión histórica que hemos perdido? Enumeremos los ingredientes que hacen posible la derrota más amarga de este equipo en sus últimos torneos:
 
1. Un título internacional en juego, para más inri el único que nos falta y sólo accesible a través de la conquista de otros campeonatos deportivos -más exigentes y sacrificados que este Mundial en miniatura-.
2. Un rival único, considerado históricamente como la mejor de todas las selecciones, campeón de campeones.
3. Un estadio legendario, escenario de grandes partidos en el pasado y convertido en un infierno amarelho para todos los rivales.
4. Una afición enfervorizada, deseosa de ver a su equipo triunfar ante la campeona del mundo y cortar así un ciclo increíble. Sin cortarse un pelo a la hora de abuchear al rival, proclamar con olés su buena marcha e incluso cantar en contra del contrincante. Sin contar con el ambiente virulento que se respiraba fuera del estadio, donde las fuerzas de seguridad se emplearon a fondo para evitar que miles de indignados con el gobierno Rousseff tomaran al asalto Maracaná. De haber ganado España, se habría desatado una revolución.
5. Un árbitro excesivamente permisivo con el estilo anti-jogo, puesto en práctica por los locales. Dejando aparte las cuestiones referentes a las nacionalidades del cuerpo arbitral (tres holandeses y un alemán), ¿cómo se explica que un combinado realice 26 faltas -sólo las señaladas- y no vea ninguna tarjeta? Por otro lado, el rival comete 15 y recibe dos amarillas y una roja (todas ellas justas). Juego duro, cerrojazo atrás y puñales delante, cepos sobre el césped, minas anti-jugones en los tacos de cada brasileiro...
 
He apagado el televisor y sigo sin poder creerme que España, esta España, haya sido arrasada en Maracaná. Posiblemente, de habernos cruzado con ellos antes -en la Confederaciones 2009- otro gallo hubiera cantado. Aquel era un Brasil diferente, del mismo modo que ayer España era diferente a la de entonces. Muchos dicen que es el fin de una era, que vienen tiempos malos donde los de siempre (Brasil, Alemania e Italia) volverán a partir el bacalao sobre los campos de fútbol.
 
Pero nunca olvidemos que siempre han surgido falsos profetas al rebufo de los grandes temores, sólo por el placer de pronosticar algo que resulta evidente a ojos del mundo. Si por algo se ha caracterizado España es por sorprender siempre, incluso en las peores circunstancias. Ayer se hizo, aceptando la derrota como se acepta la victoria: sobre el césped. A Scolari y sus figurines más les valdría aprender, les evitará disgustos mayores en un futuro.
 
Ahora... las vacaciones. Bien merecidas las tienen. Tiempo vendrá en que todo saldrá en la colada.

P.D: El destino ha querido que hoy, justo un año después de ganar la Eurocopa ante Italia por 4-0 en Kiev, estemos digiriendo una dura derrota. Cosas de la vida...